03 noviembre, 2009

PURO JOAQUÍN IMPURO por Luis García Montero


Ningún valor hay más decisivo en el arte que la capacidad de fundar un mundo propio. El oficio, los recursos técnicos, la pasión, la disciplina, la entrega, son buenos aliados a la hora de crear. Pero nada es tan valioso como el mundo propio conseguido, el milagro estético de una personalidad convertida en arte. Ese es el verdadero reto de la creación.

Federico García Lorca, Pablo Neruda, Geoges Brassens, Bob Dylan, son dueños plenipotenciarios de su mundo. En cuanto uno escribe, canta y se acerca a ellos, todas las palabras suenan a Lorca, a Neruda, a Brassans, a Dylan.

Ocurre lo mismo con Joaquín Sabina. Siempre he pensado que sus canciones pierden cuando se atreven a interpretarlas artistas de voz modélica y técnica refinada. Porque lo que convence de Joaquín es el mundo que ha creado, inseparable de su voz partida, llena de humos, rebeldías, malas noches, amaneceres y sentimientos en números rojos. Sus canciones nos sorprenden en la radio de un coche, en una habitación solitaria, en la barra de un bar o en una esquina de cualquier ciudad. Se apoderan de nuestro corazón, lo convierten en estribillo y lo empujan a una plaza de toros o a un campo de fútbol para que cada historia personal pueda corear y celebrar la vida en medio de una multitud.

Pienso en los mundos personales y en la capacidad de disparar con mano de santo al corazón ahora que sale Vinagre y rosas, la nueva entrega de Joaquín. Su último disco, Alivio de luto, se editó en el 2005, hace cuatro años. Tanto tiempo de espera convierte ya esta aparición en un acontecimiento. Pero hay algo más iluminador que a mí, como testigo privilegiado, me hace pensar en los milagros del arte. Las canciones de Vinagre y rosas son canciones del Joaquín de siempre, del mejor Sabina, del que ha viajado con nosotros en la música del coche, del que hemos coreados en una madrugada de amistad o en un concierto inolvidable.

Y eso tiene que ver con el mundo propio de Joaquín Sabina, el valor decisivo de un creador. Además de con sus músicos de toda la vida, Pancho Varona y Antonio García de Diego, Joaquín ha contado en este Vinagre y rosas con los ritmos más jóvenes de Pereza y con la palabra amiga del poeta Benjamín Prado. Joaquín se ha abierto más que nunca, y sin embargo es también más Joaquín que nunca. Eso sólo resulta posible cuando hay un mundo sólido, decisivo, radical. Existe una patria sin banderas que se llama Joaquín Sabina, con límites precisos en los cuatro puntos cardinales, y para vivir en ella no hace falta más pasaporte que la disposición a conocer la realidad por dentro, con la lluvia de sus alegrías melancólicas y el sol de sus dolores pensativos.

Todo el mundo me creerá si afirmo que pocos amigos míos me han ayudado tanto como Joaquín a celebrar la existencia y a buscar la alegría, porque cada minuto junto a él es un acontecimiento de vida. Pero todo el mundo debe creerme también si digo que conozco a pocas personas tan obsesivas con su oficio. Este loco informal que se llama Joaquín Sabina mide hasta la última coma de sus canciones, se muda a vivir en ellas, cuida el matiz, hace cálculo de estructuras, busca palabras, corrige, decide. Y es que se sabe dueño de su mundo, y es que sólo la gente muy cuerda está capacitada para cometer locuras con un acierto de relojería, con un dominio formal que huye del frío y se convierte en pasión, quiero decir, en canción.

Además de mundo propio, Joaquín Sabina tiene el oficio, los recursos técnicos y la disciplina creativa que son necesarios para componer canciones en un estado de absoluta rebeldía. La complicidad de su mala voz resulta insustituible en mi educación sentimental. Vinagre y rosas es puro Joaquín, puro Sabina, el amigo, el cantante con el que hemos compartido tantas noches, más de 19, y tantos días, más de 500.

2 comentarios:

guevofrito dijo...

"decir amigo..."

Penélope Sierra dijo...

Es cierto lo que bien comentas al principio, sobre la creación de un mundo propio como la elevación total del arte.

Comparto casi todo o todo mejor dicho, pues al final siempre me rindo ante el Mundo-Sabina.
Creo que has hecho un buen patrón de lo que es un espacio único, pues hay gente que no siente y cae en un simple: " Es que todas las canciones suenan igual..."
A veces si es cierto, igual que he visto artistas con buenas composiciones, pero no transmitían nada. Lo cierto es que Sabina siempre nos hace pensar y eso ya es mucho.

Durante el tiempo que le sigo he tenido momentos de odio y de amor hacía su persona, pero nunca hacia su trabajo, y siempre lo consideré un poeta, pero hubo un tiempo hace unos años en el que me molestaba ver una especie de autodestrucción.

Ahora pienso y reflexiono, que no puedo hacer nada con eso... pero me da tanto miedo, que los genios se vayan antes de tiempo.

Penélope Sierra