Estaba leyendo El País cuando me he encontrado con un dibujito en una columna de Ruth Toledano en el que aparece la silueta de un tipo con guitarra y bombín (dibujado con sombras) y unas gotas de sangre en la esquina de la viñeta... al comenzar a leer me he econtrado con esto:

El cantante Joaquín Sabina publicó hace unos días en este periódico un panegírico del matador José Tomás en el que dice así: "Estuve en la Monumental, del brazo de Serrat, soportando en trance la kale borroka antitaurina la tarde de su ruidosa reaparición". Como el cantante Sabina tiene (o quizá tuvo) muchos seguidores de sus letras y comparte con el matador de Galapagar mucha cobertura mediática (el panegírico ocupaba una página completa, a la que hay que sumar las que ocupa el profuso seguimiento de las actividades de ése y otros matadores), conviene responder a su atrevimiento: su fama no puede justificar su, llamémosla, confusión ni ser carta blanca frente a los lectores. Sabina define la protesta antitaurina como kale borroka, lo que significa confundir con violencia el derecho constitucional de manifestación y concentración ciudadanas. Sorprendente. La kale borroka, tal como la entiende nuestro imaginario común, persigue la desestabilización del sistema a través de la agresión callejera y el enfrentamiento incontrolado: quema de mobiliario público, rotura de escaparates, vuelco de autobuses, lanzamiento a las fuerzas policiales de objetos contundentes y artefactos explosivos, carreras, amenazas. En el País Vasco se identifica con la antesala del terrorismo etarra.