Fotografía de Sergio Enriquez.

Cuando Víctor Manuel comenzó a hablar, todo el Teatro Bellas Artes escuchó y puso cara de escuchar. No siempre ocurre esto. Cuando uno pone cara de escuchar abre más los ojos, se acaricia el mentón, cruza los brazos en una posición algo tensa y de vez en cuando mueve la cabeza como para afirmar que entiende y comprende todo lo que le cuentan. Ayer Víctor Manuel cantó para mi. Y estoy convencido de que cada uno de los que asistimos a este concierto sentimos lo mismo.
Víctor, con su voz cálida, grave e intensa me emocionó en varias ocasiones. Nunca pensé que cada una de sus canciones tuviera detrás una historia real. Y no historias cualquieras, no. El cobarde es un reflejo de una noticia sobre Vietnam que leyó en un periódico. Y en otro diario encontró la historia tan trágica de La madre. Y el Abuelo Vítor, evidentemente existió, y sí, María le escondía el tabaco.
La familia de Víctor Manuel es un poco nuestra familia. Por eso cuando cantó El hijo del ferroviario me senté en el mismo vagón en el que Víctor leía El Jabato y su padre miraba a un punto muy lejano después de dejar flores en la fosa común donde reposa el abuelo menos conocido del cantautor asturiano.
Entre tantas emociones y tanta seriedad también hubo hueco para las sonrisas cuando Víctor cantó una nana dedicada a un amante despistado, o cuando se arrancó con un pasodoble demoledor llamado Soy español, incluso cuando nos contó su relación con la censura y las locuras cometidas enviándoles No quiero ser militar o una canción genial sobre la Amnistía.
Ya lo he dicho y lo he escrito más veces. Víctor Manuel es uno de los grandes. Un cantautor que merece mi máxima admiración y mi máximo respeto. Y después de ver este concierto, con casi 40 canciones que fueron éxitos, pienso que habría que hacerle un homenaje en condiciones. ¿Quién se apunta?