CRÓNICA DEL CONCIERTO DE ANTÍLOPEZ EN LA RIVIERA (POR HELENA LÓPEZ)



 Carta pa mi Chari: Niña, no veas la que liaron los Antílopez en Madrid.

20:30. Las puertas de la Riviera parpadeaban los últimos rayos de sol, dando paso a un ejército

de ganas que, a falta de media hora, ya ocupaba las primeras filas.

Mientras las agujas del reloj buscaban su ángulo recto, entre bambalinas encontraban el compás

para hacer de aquella noche de juernes, una velada redonda.

Félix y Miguel salieron al escenario vestidos con camisas hawaianas, mimetizándose con las

palmeras que, en el centro de la sala, custodiaban botellas con sabor a malta. No lo hicieron

solos. Una banda(da) de sonrisas con cable, protagonizada por Agustín, Rodrigo, Rafael y Jorge,

tampoco quiso perderse esta fiesta a orillas del asfalto.

El público, con complejo de musa en paro busca poeta, inspiraba con su energía las melodías

de un setlist donde el humor, la crítica y los caramelitos jugaban al conejo de la suerte, haciendo

de cada be(r)so una canción privada con pase de oro al corazón.

Una colada llena de bachata, reggae, rap, country, flamenco, chiripop... y algunos estilos

deshilachados se centrifugó en nuestros cuerpos, haciéndonos recordar que Jose somos todos

y que vivir como un loco es el mejor suavizante para el (d)olor.

Pudimos vacunarnos contra la fiebre del lodo con un prefiero lleno de rises inclusives y

anticuerpos, fumarnos una cajetilla de Marlboroto mientras nuestra boca barata leía a gritos la

advertencia de mutar fama, emocionarnos con esta canción al sentirnos jurelillos de urbe en

una ciudad activíctima de sus errores y hasta imaginarnos a Alejandro Sanz acariciando a su

gatita presumida después de decirle a @mundoantilopez eso de: “te follow”.

Un popurrí de sentimientos que nos disparó a matar, sin dejar ilesa nuestra conciencia, como

solo hacen los buenos cantautores; que activó el modo avión de nuestras pupilas y nos convirtió

en auténticos analfanautas con ganas de cambiar el mundo desde la Polinesia hasta la

Patagonia.

Sin duda, después de tres años de espera, estos autónomos no defraudaron en su declaración

de canciones, fueron justo la metralla, medida y viaje que necesitábamos. Su eco aún sigue

resonando en nuestra retina, a riesgo de que llegue la cobradora del track y nos multe por

recordar en clave de sol.


Helena López

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